|
A
muchos ha sorprendido que en las últimas encuestas electorales y de opinión
pública Joaquín Lavín aparezca en una posición deteriorada, menor a la
que ocupan Michelle Bachelet y Soledad Alvear. Sin embargo, los resultados
antes indicados deben ser examinados con cuidado. Hay un conjunto de razones
que inciden en que la pregunta por intención de voto no sea el mejor instrumento
para predecir el resultado de la elección ante mucha distancia en el tiempo,
sino que sólo para evaluar aspectos parciales de las preferencias.
Primera
razón: No puede realizarse una predicción sobre
la base de un escenario impreciso. El apoyo relativo de los diferentes
candidatos y la votación que finalmente logren obtener, no depende solamente
de un apoyo positivo y autorreferido, sino que también de las demás candidaturas
presentadas. En la medida en que no se tenga certeza de quiénes serán
los candidatos y cuáles serán sus bases formales de apoyo, no es posible
inferir decisiones tomadas en el marco de otro escenario o bien de otras
expectativas de escenario futuro. Sólo se puede apreciar la disposición
positiva (no la votación esperada) hacia los diferentes candidatos al
momento de la medición.
Segunda
razón: Hay un problema de ubicación temporal
del instrumento de medición. Se consulta al elector por una decisión que
no ha tomado aún y que tendrá lugar en un momento muy posterior, meses
después de que responde en una encuesta. Adicionalmente, en el mismo sentido,
debe notarse que habitualmente se referencia la pregunta al "próximo domingo"
como forma de incentivar una postura decidida, de orden fáctico. Sin embargo,
debe analizarse considerando que refiere a un evento que no ha sido y
que, más aún, es completamente ficticio.
Tercera
razón: La predicción pura y simple a partir
de la pregunta sobre intención de voto (lejana), no reconoce la complejidad
de la conducta electoral. Los resultados deben analizarse en contexto,
sea controlando mediante los resultados en otras preguntas en una misma
encuesta, o sea controlando según el contexto temporal y político. Las
elecciones forman parte de la institucionalidad política y, por ende,
su dinámica es afectada por el devenir de los procesos políticos y la
operatoria de otros procesos sociales.
Efectivamente,
desde los estudios electorales clásicos de la década de 1940 se sabe que
las preferencias electorales de la población requieren ser activadas para
que se expresen en una intención de voto y en una decisión específica.
Este proceso de activación puede constituirse como un refuerzo de predisposiciones
políticas explícitas o en la cristalización de predisposiciones latentes.
Cualquiera sea el caso, aquella activación sólo se logra mediante la extensión
en el tiempo de una politización de las comunicaciones políticas transmitidas
por los medios de comunicación masiva y, lo que es más importante, de
los procesos de influencia personal asociados a los contactos procedentes
de las propias redes sociales.
Cuarta
razón: Lo anterior no debe inducir a pensar
que los resultados se encuentran determinados de antemano. La tendencia
mundial asociada a una erosión de los determinantes sociodemográficos
(bases sociales del apoyo partidario), por un lado, y de lealtad partidaria
(afinidad psicológica con partidos o tendencias lograda como producto
de un proceso de socialización), por otro, también nos afecta a nosotros.
Esta situación induce una creciente incertidumbre en los resultados, lo
cual enfatiza el rol y efectos que los determinantes de corto plazo pueden
jugar, tales como la campaña. En el caso de la elección de 2005, un componente
esencial es la presencia en terreno que aporten los candidatos a diputado
y senador. En general, en la campaña inciden no sólo las acciones de promoción
deliberada de los candidatos, sino que también las acciones de los otros
candidatos, el contexto social y el proceso político. Otros factores de
corto plazo mencionados habitualmente en la investigación especializada
son las motivaciones económicas, los medios de comunicación masiva, las
características de los políticos, el activismo, el gasto electoral y,
por cierto, las mismas encuestas de opinión.
Quinta
razón: El efecto de las encuestas tiene que
ver con que, tal como argumentó Roberto Méndez recientemente, la percepción
que cada entrevistado tenga sobre la distribución social de las opiniones
incide en su disposición a darla a conocer. Su decisión refuerza aquella
percepción ante futuros entrevistados, dando lugar a un proceso conocido
teóricamente como "espiral de silencio". Aquel concepto reconoce que la
opinión pública es un mecanismo de control de la sociedad, de modo tal
que sólo tenemos registro de aquellas opiniones que pueden ser expresadas
sin miedo a ser perjudicado en el ámbito de la integración social. En
la misma línea, Carlos Huneeus ha argumentado persuasivamente, además,
que una característica del elector cercano a posiciones de derecha es
no decir por quién vota.
Sexta
razón: Gran parte de la desazón en la Alianza
por Chile asociada a los resultados mostrados recientemente por Joaquín
Lavín en las encuestas dice relación con que muchos analistas tienden
a extender los resultados relativos de intención de voto no sólo a quienes
manifiestan una preferencia, sino que también a quienes no lo hacen, replicando
las proporciones obtenidas a la muestra completa. Ello es incorrecto desde
todo punto de vista. No hay razón alguna para suponer que las preferencias
agregadas de quienes dan su opinión sean iguales a las de quienes no las
dan. Primero, obviamente, porque no debe suponerse que los dos grupos
de electores son iguales en preferencias cuando se sabe que no lo son
en otros aspectos, tales como la composición sociodemográfica, cultural
y, por de pronto, que un grupo responde y el otro no lo hace; segundo,
por la espiral de silencio antes expuesta (se silenciarían más preferencias
entre las opiniones percibidas como minoritarias); tercero, porque supone
que las preferencias no son afectadas por el proceso electoral en curso,
lo que significa suponer que la campaña es inocua. Sin pretender exagerar
o sobredimensionar el rol que éstas cumplen, dadas las razones indicadas
en párrafos anteriores su importancia no es menor. Sólo el sentido de
su importancia es lo que debe ser precisado en una discusión al respecto.
Séptima
razón: Se ha atribuido a las opciones mayoritarias
la capacidad para promover un apoyo aún mayor asociado a una pretendida
tendencia del electorado de sumarse al candidato ganador. Este efecto,
conocido internacionalmente como "bandwagon" o "voto estratégico" (habitualmente
traducido en Chile como "subirse al carro de la victoria"), debe ser dimensionado
adecuadamente. Efectivamente, es razonable y esperable que se dé. No obstante,
ello no dice relación con la situación objetiva sino que con una percepción
subjetiva acerca de cuál es la opción ganadora. Esta percepción, por cierto,
depende del segmento del electorado del que se trate. Es, por otro lado,
una dinámica que opera en complementación con otros determinantes, actuando
en el margen sin oponerse a factores más sólidos. Además, existe una dinámica
contraria conocida como efecto "underdog", que, en términos agregados,
neutraliza en mayor o menor medida el efecto de aquél.
Octava
razón: Un elemento esencial para valorar el
apoyo obtenido por Joaquín Lavín en las mediciones recientes es que la
campaña apenas está comenzando. En un párrafo anterior señalamos la importancia
de las campañas como procedimiento de activación de las preferencias,
en el marco de un proceso político específico. Aquel resultado, por definición,
decae con el tiempo. De ahí que para lograr ser electo en una próxima
oportunidad deba volver a hacer una campaña exitosa en reforzar a aquellos
que lo apoyan y en volcar hacia sí las preferencias de los sectores aún
no decididos o transitoriamente más dispuestos hacia otro candidato. Entonces,
lo que las encuestas del momento actual miden es el residuo o remanente
de preferencias de la campaña de 1999. Obviamente ha de ser más bajo que
los resultados de encuestas cercanas a aquella elección y que la votación
efectiva obtenida en aquella oportunidad.
Novena
razón: Las medidas que habitualmente se utilizan
para dimensionar la intención de voto no captan la intensidad de las preferencias,
pues una variable categórica no es sensible a la proximidad relativa hacia
los candidatos. Dada la dinámica psicológica de formación de apoyos y
opiniones, es razonable esperar que muchos electores tengan diferentes
niveles de adhesión hacia el candidato, que oscilan en un continuo entre
el apoyo "duro", hasta una simple exclusión del rechazo a él ("no me gusta
especialmente, pero no descarto la posibilidad de terminar votando por
él"). A medida que avanza el período electoral, este último tipo de apoyos
se hace cada vez más importante y, en virtud de las características de
aquel grupo, es donde la principal lucha electoral tiene lugar. En los
estudios que habitualmente se dan a conocer, sorprende la ausencia de
una, al menos breve, batería de medición de actitudes que entregue la
información para tomar decisiones respecto al grupo en cuestión.
Décima
razón: Para terminar, es conveniente recordar
algunos asuntos de orden metodológico. Por ejemplo, es relevante el universo
al cual se refiere la encuesta y del cual se extrae la muestra. Habitualmente,
sólo se hace un muestreo en Santiago; algunas veces, los grandes conglomerados
urbanos; casi nunca, en el resto del país. Así, los resultados de una
encuesta sólo se refieren a las localidades en las cuales ésta se aplicó
y, por ende, suelen no ser comparables entre sí. Algunas preferencias
son más frecuentes en los sectores rurales, por ejemplo, y no incluirlos
significa subestimar la presencia de aquellas. La forma en que se extrae
la muestra es también extremadamente relevante. El ejemplo clásico es
de 1936, en Estados Unidos: una enorme encuesta, pero con un muestreo
inadecuado, dirigida por la publicación Literary Digest anunció el triunfo
de Landon sobre Roosevelt. Si usted no sabe quién es Landon, eso le permite
apreciar que la técnica de muestreo no es indiferente. Por último, está
probado que factores como la redacción de las preguntas, las escalas y
categorías de respuesta que permiten, su ubicación en el cuestionario,
entre otros, tienen un efecto significativo sobre las mediciones.
Con
todo lo indicado en las diez razones mencionadas, debiera bastar para
asumir que el alarmismo en la Alianza por Chile es exagerado. Falta toda
la campaña y, como se ha indicado, varios meses de proceso político. No
estamos diciendo que las encuestas no sean útiles y el monitoreo de la
intención de voto sea una pérdida de tiempo. Por el contrario, las encuestas
proveen de un excelente método para asegurar la sintonía fina con el electorado,
en la medida en que sean correctamente examinadas.
|