El proyecto más innovador, radical y ambicioso que necesita nuestro modelo económico
En los años 70 Chile se embarcó en lo que – en ese momento – fue considerado como un proyecto revolucionario en materia económica: abrir la economía al mundo, asignar los recursos mediante una economía social de mercado, y desarrollar la economía sobre la base de explotar los recursos naturales en los que ofrecíamos ventajas competitivas respecto de otros países.
El resultado de dicho modelo, después de más de 30 años, es contradictorio: de una parte, Chile creció a tasas históricas, más que duplicando el PIB per cápita. Parecía que inevitablemente íbamos a cruzar la barrera que separa los países de economías desarrolladas de los países en vías de desarrollo, pero dejamos de crecer a la misma tasa y el “segundo aire” en materia de exportaciones no tradicionales no fue lo contundente que se esperaba. Y por otro lado, la distribución de la riqueza creada con el modelo ha sido muy mala. Tanto, que hemos pasado a ser uno de los países con peor distribución de la renta en el mundo. Gracias a que el “piso” aumentó debido al crecimiento económico, se amortiguó en parte lo que, de otra forma, hubiese sido innegablemente un caldo de cultivo para la inestabilidad social.
Ese punto negro sigue existiendo. Los Gobiernos de la Concertación han intentado corregirlo sobre la base de un mayor rol redistributivo del Estado. Sin embargo, los datos dicen que esa política pública, a pesar que ha permitido reducir la pobreza extrema, no ha sido suficiente para acortar la brecha entre quintiles más ricos y más pobres.
Ante esta realidad, los candidatos a la presidencia que vienen desde las filas de la Concertación siguen insistiendo en un mayor papel del Estado para resolver el problema. Plantean el futuro de Chile en términos de una disyuntiva entre más Estado – lo que ellos representan – o más mercado – donde ubican, erróneamente. Cabe dudar de la eficacia de una política que no ha dado el resultado esperado después de casi 20 años de aplicación.
Los países que han conseguido un mayor desarrollo en la última década han superado esa disyuntiva apostando a un nuevo paradigma: no se trata de decidir entre más Estado o más mercado, sino entre seguir en la Sociedad Industrial o incorporarse a la Sociedad del Conocimiento.
Pero, ¿qué quiere decir incorporarse a la Sociedad del Conocimiento? Esencialmente, focalizar el desarrollo económico sobre la base del desarrollo del capital humano e intelectual del país. Poner a trabajar, no solo los recursos naturales, sino sobre todo las neuronas. Impulsar el desarrollo intelectual de todos y cada uno de sus ciudadanos, para que puedan desarrollar sus talentos lo máximo posible, creando en el proceso riqueza para el país y para sí mismos. El desarrollo basado en recursos naturales, a pesar de tener ventajas, no genera puestos de trabajo de alto valor agregado, lo cual significa que perpetúa la mala distribución del ingreso.
Los perfiles y puestos de trabajo ligados al trabajador del conocimiento – aquél que utiliza su inteligencia para crear mayor valor del que encuentra en el entorno – son de más calidad y mejor remuneración que los puestos de trabajo más afines a la Sociedad Industrial y sus paradigmas, lo cual genera una mayor movilidad social, siempre y cuando exista una formación acorde para aprovechar estas oportunidades. Por ejemplo, según un estudio llevado a cabo hace años por Mc Kinsey sobre Estados Unidos, los puestos de trabajo de la industria de Tecnologías de la Información y Comunicaciones eran un 85% mejor remunerado que el promedio del país(1). Chile tiene, por ejemplo, un potencial de generación de US$ 2,000 millones anuales en servicios Offshore. Ese importe es 100% mano de obra de conocimiento, y equivale aproximadamente a 100.000 puestos de trabajo de un sueldo promedio de US$20,000 por año – el doble del promedio per cápita de Chile. Esos son más puestos de trabajo que todo CODELCO, mejor remunerados, y con un perfil de trabajo a otro nivel, en una industria que además no tiene la volatilidad de mercado de los productos naturales. Equivale a añadir un 1% anual a nuestro PIB, casi el 50% de lo que necesitamos para crecer de nuevo a tasas del 6% o más. Para que puedan crearse esos puestos de trabajo en un país como el nuestro sólo pueden hacerlo líderes con una política pública decidida, valiente e innovadora que ponga el énfasis en el desarrollo económico basado en trabajadores del conocimiento.
Ninguna de las candidaturas, salvo la de la Coalición por el Cambio, se ha hecho eco de este nuevo paradigma. El programa más innovador, radical y ambicioso de la candidatura de Sebastián Piñera sea tal vez este: incorporar a Chile a la Sociedad del Conocimiento para el 2018. Puesto que la herramienta por esencia del trabajador del conocimiento son las tecnologías de la información y comunicaciones (TIC), ello supone que para que el objetivo sea una realidad y cumpla con crear movilidad social y mejores sueldos todos deben tener acceso a dicha herramienta. Las TIC son a la Sociedad del Conocimiento lo que la fábrica fue a la Sociedad Industrial, con una diferencia: la fábrica era de unos pocos. Las TIC en cambio son para cada una de las personas que participan de la Sociedad del Conocimiento, y reciben empoderamiento directo del uso de esta herramienta. A pesar que ha sido acusado de “irresponsable” por algunos que no comprenden el real alcance de este proyecto, el programa recoge la idea innovadora y radical de que todos los hogares de Chile tengan banda ancha y todos los alumnos tengan un computador. Y para que esa herramienta sea productiva desde el día uno y no solo un trasto inútil, se contemplan una serie de aplicaciones en diversos ámbitos de la vida cotidiana de las personas que los empodere y les traiga una mejora en su calidad de vida y en las oportunidades laborales a las que pueden acceder: mejor calidad de educación, mayor diligencia en prestaciones de salud, ahorro en relaciones con el Estado, seguridad personal y acceso al trabajo mediante teletrabajo.
Una población que use las TIC cotidianamente en aplicaciones de cierta sofisticación está mejor preparada para la creación de puestos de trabajo del conocimiento, con mejores remuneraciones y mayores oportunidades de movilidad social. Con eso se arreglan más eficientemente y más sustentablemente los problemas de distribución del ingreso a largo plazo, y se pone un camino más prometedor en el desarrollo futuro de un país como el nuestro, sobre todo para cuando los recursos naturales no renovables sobre los cuales basamos nuestro desarrollo ya no estén allí.
Miremos lo que están haciendo en países parecidos al nuestro como Nueva Zelanda. Veremos, al comparar, en qué medida el candidato de la CxC se está adelantando a los tiempos en la dirección correcta y está proponiendo una verdadera revolución en nuestro modelo de sociedad.
(1) Estudio Mc Kinsey para “Report on the Digital Economy”, solicitado por al Gore cuando fue vicepresidente de EEUU