Si existe una constante desde que se inició el proceso de integración europeo, es que este se desarrolló gradualmente, sin grandilocuencias, sin metas ambiciosas, más bien tanteando el terreno, generando consensos, y echando pie atrás, cuando éstos no se alcanzaban.
La Unión Europea (UE), se llevó a cabo “haciendo camino al andar”, los líderes europeos fueron dando los pasos necesarios utilizando una estrategia pragmática, que les permitió alcanzar extraordinarios avances, como la existencia de una moneda única, un parlamento europeo; libertad para que las personas circulen con plena libertad entre distintas fronteras y la consolidación de democracias estables y sólidas.
Sin embargo, hemos visto en un período de poco más de tres años, que todos estos objetivos que aparecían sólidos y consolidados, se encuentran hoy fuertemente cuestionados, por los ciudadanos y por los mercados. Europa está en crisis, y no es un ciclo económico o una recesión más, a pesar que ese fue el factor que la gatilló, sino que el problema es más profundo, y parece estar afectando hasta los cimientos más profundos del proceso integrador.
Lo que era útil y eficiente, lo que funcionaba de manera ejemplar se transformó en un entramado burocrático que impide llegar a acuerdos, que dificulta la toma de decisiones, con la rapidez y legitimidad necesaria para la etapa que se está viviendo.
La debacle económica actual se desencadenó por el choque financiero que supuso la caída de Lehman Brothers en 2008, pero en particular la crisis del euro se origina en un doble error de diseño, que muchos advirtieron como un riesgo para el proceso de integración, en particular hacia el avance de la moneda única: el euro. La supervisión se concentró en evaluar los desequilibrios en el sector público, en lo que no se fue particularmente exitoso, pero además muchos advertían que había que supervisar los desequilibrios en el sector financiero, y controlar la pérdida de competitividad y el deterioro de las balanzas comerciales de los Estados.
Pero lo cierto que en tiempos de bonanza, esos errores de diseño, económico y político, fueron ignorados, porque no hay nada más legítimo que lo que funciona bien. Y la Unión Europea por muchos años fue un modelo de calidad, estilo de vida, y desarrollo.
El caso es que, se cometió un error inicial, desde el punto de vista económico, el euro se lanzó sin estar respaldado por un Tesoro europeo y una política fiscal común. Y por otro lado, la unión económica y monetaria nació sin un sistema político que gozara de la suficiente legitimidad para respaldarla.
Estallada la crisis el liderazgo de la Unión, en términos de conducción, ha sido asumido de hecho por la dupla compuesta por la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy, en lo que se ha denominado la “fórmula Merkozy”.
La diada señalada es percibida por los denominados países periféricos: Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia (los más afectados por la crisis) y en particular por los ciudadanos de esos países, como un proceso acelerado de pérdida de soberanía económica, porque no son sus gobiernos quienes están tomando las decisiones, sino dos líderes, que ellos no han elegido y que los están sometiendo a una serie de exigencias, para salvar una condición, ser parte de la zona euro, que hoy día parece estar haciendo agua por todos los frentes.
La fórmula “Merkozy” lleva implícito una dosis de autoritarismo; constituye un liderazgo que emana del mayor peso relativo de las economías de esos dos países, pero no por un acto voluntario, una concesión o una decisión de algún organismo de la Unión. Merkel ratificó la asociación por la simple razón que “nosotros somos las dos mayores economías de la zona euro y estamos obligados a asumir esta responsabilidad”.
La pregunta que cabe hacerse es ¿si eso resulta suficiente como justificación para los ciudadanos europeos, que ven cómo se toman cada vez medidas más impopulares y en las que sus gobiernos tienen poco o nada que decir?
Los países deudores, sufren la rebelión de la ciudadanía que perciben el proceso como algo impuesto desde el exterior, que suman medidas de austeridad simétricamente concebida pero sin un objetivo final coherente, sino más bien con la esperanza de superar la crisis, sin tener siquiera un horizonte aproximado de cuando eso va a suceder.
Los acreedores ( Alemania, Austria, Eslovaquia, Finlandia y Países Bajos ) viven el desenfado de una ciudadanía que se rebela contra el empeño de sus líderes en seguir financiando los planes de salvamento de los países que sufren de iliquidez o insolvencia, o muy especialmente contra cualquier solución que implique una nueva transferencia de poder y recursos hacia la Unión Europea.
La crisis está generando una desafección en dos direcciones : por una parte los ciudadanos de los países acreedores temen verse arrastrados a una unión de transferencias- con los ciudadanos de los países deudores que recelan cada vez más de los acreedores, a los que simplemente ven como policías de la austeridad, sin un proyecto políticos alternativo que compense la erosión de sus democracias, ( ya que no son ellos quienes deciden estas medidas) y en las que sus dirigentes no tienen ningún poder decisorio en la definición de políticas a nivel europeo.
Por otro lado irrumpen tecnocracias reemplazando a los líderes políticos. Tanto el nuevo primer ministro griego Lukas Papademos como el italiano Mario Monti son economistas de destacadas trayectorias en banco centrales o instituciones europeas, que representan la quinta esencia de la tecnocracia, de hecho el premier italiano mostró como un logro que en su gabinete no hubiera ningún político.
Lo que puede ser una estrategia discutible, lo cierto es que supone varios riesgos. Los políticos con esto se apartan en el momento más crítico y llaman a los técnicos que supuestamente carecen de ideología y que (también supuestamente) conocen las soluciones que sacarán a los países de la crisis.
Esta percepción que también la tienen los ciudadanos, encierra un peligro evidente, pues supone confiar la responsabilidad de gobernar un país enfrentando a una crisis económica de grandes dimensiones, a personas que no poseen la trayectoria ni la experiencia para socializar decisiones que van a sufrir por lógica grandes cuestionamientos, que enfrentarán graves e inevitables repercusiones sociales. Además sin la legitimidad que deriva de las urnas, sino de la confianza que en él han depositado los mercados y las instituciones europeas. Confianza que no se ha visto, ni siquiera ratificada en las Bolsas europeas, dado que recién nombrado Monti, los indicadores de la economía italiana, revelaban una profunda desconfianza hacia la gestión del primer ministro.
El problema principal es que los tecnócratas solo se legitiman si son capaces de obtener resultados positivos de forma relativamente rápida. Dicho de otra manera : la ciudadanía puede estar dispuesta a aceptar temporalmente y como mal menor una forma benigna de despotismo ilustrado ( todo para el pueblo, pero sin el pueblo) pero si los tecnócratas suman su fracaso al de los políticos de partido, las alternativas institucionales y democráticas carecerán de respaldo, para avalar los pasos que se deban tomar en un proceso que no se prevé de corta duración.
Mientras los manifestantes se expresan en las calles de Atenas, Lisboa y Roma, la fórmula Merkel- Sarkozy ha seguido construyendo estrategias para enfrentar la crisis. Los líderes europeos se reunieron la primera semana de diciembre en Bruselas, en la que fue considerada por mucho como la cumbre decisiva. Pese a los anuncios, se mantuvieron discrepancias en el seno de la zona euro, entre Francia y Alemania, y mucho más serio fue el divorcio entre los países del euro y el Reino Unido.
-Las discrepancias entre París y Berlín se materializaron en la insistencia de Merkel en acometer la reforma del Tratado de la forma más profunda posible. Merkel insistió en la vía de “la penitencia por los pecados del pasado”. “El euro ha perdido credibilidad y hay que recuperarla dentro de la zona euro”, dijo. “Pero para esto hay que dejar claro que aceptamos más disciplina” “Lo importante es que logremos avanzar hacia una Unión más estable”-.
Merkel logró entre incesantes viajes entre París y Berlín, imponer su fórmula, y planteó que es necesario llevar a cabo una reforma profunda al tratado, y aplicar sanciones automáticas, a los países cuyo déficit superen lo establecido por el tratado de Maastricht del 3 por ciento del PIB.
Ese porcentaje sería una regla de oro, que ya existía pero que muchos países no cumplieron. La idea es que ahora, la Corte de Justicia europea sancione a los países que no cumplan con esta regla, lo que involucra una mayor concesión de soberanía. La propuesta se orienta a otorgar mayores atribuciones a la Comisión Europea, y al Banco Central de la Unión.
Lo que por mucho tiempo fue asumido por consenso, la crisis está derivando en soluciones rápidas y que los europeos perciben como discrecionales, asumidas por la fórmula Merkozy, de manera inconsulta, y con exigencias creciente de recortes de grandes beneficios sociales, que asumían como derechos adquiridos y que hoy día son insostenibles.
La oposición interna ha sido fuerte, los sectores socialistas y la izquierda tanto en Francia como en Alemania los rechazaron de manera contundente. En el propio parlamento europeo surgió con fuerza una rebelión encabezada por varios eurodiputados de distintas tendencias políticas que amenazaron con llevar la propuesta al tribunal europeo con tal de impedir la reforma a la Unión.
Sarkozy fue enfático al señalar que “el riesgo de explosión de Europa nunca ha sido tan grande, debemos ser capaces de reformar. Debemos repensar Europa, si no tenemos el coraje de hacerlo, la gente se rebelará contra nosotros”.
El problema es que todo indica que la rebelión ya comenzó y resulta poco probable que sea suficiente con la voluntad de Merkel y Sarkozy para superar el desafío.
Editor Responsable: Patricio Gajardo L.
