Hay que pensar la democracia

Los problemas no son con la democracia como concepto, sino más bien como práctica, y es aquí donde debemos poner la atención y especialmente el esfuerzo por comprender qué se requiere para hacer más fuerte nuestra democracia en el sentido que la gente desea. Sin duda este es uno de los grandes desafíos institucionales que deberá emprender el próximo Gobierno.

Hace ya unos meses se ha instalado la idea de que nuestro país requiere volver a centrar su esfuerzo en dar gobernabilidad a la democracia. Esto para algunos es un retroceso, ya que conceptualmente estas ideas se plantearon al inicio de la transición y están fundamentalmente vinculadas a las acciones para evitar el retorno al autoritarismo. Ese fue un debate que cruzó todo el continente, mientras en paralelo se configuraban las renacientes democracias.

Entre las lógicas centrales de esta discusión se situaba el rol de la democracia, en su perspectiva mínima, como un método que permite la distribución del poder al interior de la sociedad de manera reglada y aceptada por los participantes. Esta concepción minimalista de la democracia como método ha  sido mermada con el tiempo y cada día se le exige algo más.

Por otra parte, tenemos la noción de una democracia como ideal, donde se maximizan sus posibilidades de participación y deliberación, y por tanto todos son parte de una comunidad que se vincula mediante acciones que tienden a democratizar a la sociedad y no solo a aquellas instancias vinculadas a la distribución del poder político. Esta es una idea más profunda y que tiende a abarcar espacios de la vida pública y privada.

Entre estos dos extremos se ubica un abanico de posibilidades para construir nuestra democracia como mecanismo que distribuya el poder, afiance valores y permita la integración desde una perspectiva ciudadana. Sumando un atributo básico, como es la capacidad de dar gobernabilidad al sistema en todas sus formas.

Pensar que la democracia está en crisis es una posibilidad en el análisis, pensar que requiere reformas para profundizar su funcionamiento es otra. Pero ambas apuntan a mejorar, en definitiva, lo que las personas esperan de ella.

En el estudio Auditoría a la Democracia, realizado por el PNUD, frente a la opción “La democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”, el resultado muestra que el 59% de los consultados se inclina por ella, y si bien existe una baja estadísticamente significativa de cinco puntos frente a la medición anterior, este resultado es prácticamente similar al año 2010 y muy superior al 45% obtenido en 2008.

¿Dónde vemos el problema? Para seguir con el estudio ya citado: en la evaluación que las personas hacen del funcionamiento de la democracia. En este caso, el 40% de los consultados —es decir, el doble de hace cuatro años— señala que funciona mal o muy mal. Para ir centrando el análisis, los problemas no son con la democracia como concepto, sino más bien como práctica, y es aquí donde debemos poner la atención y especialmente el esfuerzo por comprender qué se requiere para hacer más fuerte nuestra democracia en el sentido que la gente desea. Sin duda este es uno de los grandes desafíos institucionales que deberá emprender el próximo Gobierno.

Para cerrar con otro dato, basta señalar que cuando a las personas se les pregunta cuán democrático es Chile, en una escala del 1 al 10 esta nota se sitúa en un 5,05. Lo más sorprendente es que al ser consultado por una proyección en el tiempo, es decir qué tan democrático será Chile en diez años más, la cifra se empina al 5,9.

Para tener un punto de comparación, cuándo se pregunta cuán democrático era antes de 1973, la nota es un 4,18. Este antecedente demuestra que dicho período ha sido idealizado por los políticos vinculados a corrientes de izquierda, pero no ha permeado en la población en general.

Esta combinación de antecedentes ayuda a poner en perspectiva la discusión, en especial cuando permanentemente estamos escuchando hablar de la crisis por la cual atraviesa el sistema político nacional. La tesis sería que hay problemas —la gente los identifica como tales—, pero valora al sistema democrático por sobre otras opciones de administrar el poder.

En tal sentido, las múltiples reformas realizadas en los últimos años han de ir profundizando una práctica de comportamiento que permita valorar el trabajo que los diferentes actores vinculados a la actividad política que realizan. Desde los cambios al sistema electoral, pasando por una mayor transparencia en el actuar de políticos e instituciones, hasta un sistema de financiamiento público que equilibra las posibilidades de los participantes —además de campañas menos invasivas y que tenderán a volcarse más en las ideas y menos en el dinero—, son cambios que debieran ir mostrando una conexión más directa con esta democracia más madura a la cual debemos apuntar.

Aldo Cassinelli Capurro, director ejecutivo Instituto Libertad

Fuente El Libero